sábado, 1 de octubre de 2011

llena de sarna y del odio que respiraba.

Bueno, la imprenta ya estaba otra vez allí, era lunes y comenzaba el trabajo. Seis de la mañana, brumas en el exterior, brumas en mi interior, la habitación llena de brumas y mi corazón latía sin piedad, resonando por el techo, por todas las paredes, agotando mi cerebro y llenándolo de pánico. De nuevo la imprenta y yo solos.

Pat Rocha

La imprenta volvió a mostrarme sus venas, sus arterias, se ponía en funcionamiento sola para demostrarme que era más fuerte que yo. Quería eclipsar el movimiento de mis vísceras, las suyas estaban llenas de sangre negra. Una vez demostrada lo que ella suponía su superioridad y yo llamaba prepotencia, callaba un momento, era el momento del saludo. Aun las fieras en sus fosos se permiten una tregua.

Pat Rocha

Ella calló, me invitó a acercarme, me sonrió burlona, yo también sonreí, el otoño invadía mi espíritu, mi soledad estaba rodeando mi cuerpo y aunque leve y suave, no podía esconderla y ella, mi cruel asesina, asesinalotodo, estampalotodo, devora, traga, imprime, sigue, rueda, lucha, toma, retoma, agarra, mata, estampa, la veía con la nitidez de la crueldad más vil.

Y yo me acercaba, sigilosa claridad que se vislumbraba por la ventana, llena de sarna y del odio que respiraba.

Pat Rocha

Era el momento, a qué más demora, el olvido y la muerte podrían ser inalcanzables, un segundo más y entraba en el mar del fracaso, confusión y pérdida.

Pat Rocha

Llegaba el instante propicio, si yo conseguía empezar la rotación sin perder un miembro, sin que el monstruo enorme y negro me engullera, ya estaba salvado. Hasta siete días después no comenzaba la trampa, una semana de descanso.

Un botón, unos papeles que ruedan, que yo coloco y todo seguía su ritmo, metía mis brazos en la boca gigante y negra y los volvía a sacar. Una lágrima fluía por mi mejilla hinchada del terror, ¡estaba salvado!, una semana más de vida.

Pat Rocha

Llegué a casa a comer a las cinco, era tarde, ¡estaba muerto de hambre!

Disfrutaba siete días de la vida como un condenado a muerte. Degustaba mi comida como si fuera la última, la espada de Damocles se cernía sobre mi cabeza. Cada momento en que gozaba, tenía su máximo esplendor y de repente un segundo, el terror, la angustia más recóndita nublaba todo mi alrededor, anegaba mi alma de fango, me dejaba ciego, pero era un segundo... después disfrutaba de todo nuevamente, ¡ay!, cenaba fuera, visitaba museos, leía libros, acudía al cine, me reunía con amigos; un segundo de ceguera y otra vez volvía a la vida.

Pat Rocha

Llegó el lunes, no había remedio, el tiempo pasaba inexorable. Venas, arterias, corazón, saludos al monstruo. Y el monstruo me saludó, me impuso su fuerza y volvimos al silencio. Una vez más la lucha se iba a disputar. Me acerqué sigiloso, empequeñecido, febril, metí la mano. Apareció la rotativa: